a sido una semana curiosa. Por una parte, se conmemoraron los 30 años del Acuerdo Nacional para la Transición a la Democracia, y un par de días después una protesta de los camioneros afectados por el terrorismo ha generado una ola de recuerdos del famoso Paro de Octubre de 1972, un momento crucial durante el gobierno de la Unidad Popular.
Es curioso que las administraciones de Allende y Pinochet todavía provoquen evocaciones, hagan resurgir fantasmas, impulsen apoyos y execraciones. Siguen siendo no solo sucesos históricos, sino también política actual, aunque muchas veces el país haya pensado dar vuelta la hoja. No es el momento para hacer los recuentos de ambos gobiernos, pero sí hacer alguna reflexión.
La primera, es que en los dos momentos Chile vivía una situación de división muy profunda, de manera que el Paro de los Camioneros era una protesta que mostraba dicho enfrentamiento y que terminó, poco después, con la formación de un gabinete con integración militar del cual incluso formó parte el General Carlos Prats. En el caso del Acuerdo de 1985, se vivía bajo un régimen militar y con doce años de suspensión de las instituciones representativas, pero con un itinerario fijado por la Constitución de 1980 de transición hacia la democracia. A pesar de eso, los redactores del Acuerdo estimaban que era necesario una fórmula más rápida y más participativa, para lo cual contaron incluso con el respaldo de la Iglesia Católica. 
Si bien la propuesta no funcionó y Chile llegó a la democracia en forma pacífica, es relevante comprender una cuestión de fondo. Si en 1972 la tendencia fue profundizar los desacuerdos, acelerando la agonía de la democracia, en 1985 la situación era exactamente la inversa. Desde el Gobierno se promovió la restauración democrática y también ocurrió lo mismo desde la oposición. Por lo mismo, la fórmula de cambio político se dio a través del plebiscito de 1988 y las elecciones presidenciales del año siguiente, y culminaron con la llegada de don Patricio Aylwin al gobierno el 11 de marzo de 1990. 
Está bien recordar todo esto, pero sobre todo poner el corazón en aquello que nos une, que es mucho más, en vez de exaltar permanentemente las divisiones.

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