A estas alturas de la feroz crisis que vive la Iglesia Católica en pleno, después de ver y de saber de todos los cientos y cientos de curas que se pasaron al lado oscuro de la fe, a nivel del mundo y en especial en nuestro país y que cada día siguen aumentando, no parece muy adecuado que nuestro papa Francisco le eche la culpa al “Diablo” de todas las brutalidades acometidas por sus pares en contra de niños, jóvenes y adultos vulnerables, y menos que a los creyentes les pida que “deben tomar más conciencia de su culpa, los errores, de los abusos cometidos en el pasado y presente, y comprometerse a luchar para que el mal no prevalezca” (sic), no parece ser muy feliz el pretender fundir los roles de los victimarios con los de las víctimas, no, no, no puede cargarle ni una mínima parte de culpa de esas aberraciones a quienes no las hicieron, en resumen el echarle la culpa al “Diablo” es como si le estuviera echando la culpa al empedrado, lo real, lo que prevalece y los miles de casos descubiertos de abusos, dan cuenta que fueron hechos por personas que vestían sotanas y en plena conciencia personal de sus actos y como hombres que se supone que son, deben enfrentar a la justicia terrenal en la forma y en fondo y después a la Justicia celestial, para eso no hay ningún apuro, tendrán toda la eternidad para hacerlo, por ahora se debería dejar fuera la “perfomance” de la “Cola del Diablo”, imputarle culpas al Diablo, es simplemente evadir las culpas propias de cada abusador, tal vez en el siglo XIV, VII ó en el IX de seguro hubiera funcionado a la perfección, pero hoy en pleno siglo XXI, rápidamente nuestro papa Francisco se dará cuenta que... no ha lugar...

 

 

 

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